PEDRO P. HINOJOS
Circulan toda clase de chascarrillos y bromas a costa de las fracturas perpetuas que sufre el socialismo madrileño, uno de los avisperos políticos con más solera de la cosa pública nacional. Se asegura a pie juntillas, por poner un caso, que llegará mucho antes la paz a Palestina que a la familia del puño y la rosa y las siete estrellas. Y es lo menos exagerado y más fino. Por supuesto, esto de las disensiones, persecuciones y navajeos suele ser de puertas adentro; solo para la comidilla de las distintas cofradías de partidarios y de los cronistas puntillosos. Como es natural, hacia fuera todo es unidad, integración y cierre de filas que cínicamente se aparenta creer.
Esto también sucede entre los adversarios del PP, aunque mucho más atenuado ahora por su victoria casi total. Es lo que tiene el poder y su cercanía: el calor insano y corruptor que emite termina arrasando cualquier rastro de frescura. De ahí que los humedales haya que encontrarlos en los más pequeños, los recién llegados o los alternativos, idealistas y provocadores hasta la insolencia a veces. Convivir no es fácil, ya se sabe. Y organizarse tampoco. Todos los terapeutas y, en general, las personas con más de dos dedos de frente dicen al respecto que con la honradez siempre se acierta. Debería valer también para la vida política, aunque a la luz de la experiencia parece que no es lo más adecuado para ganar elecciones.
No es el caso del socialismo madrileño, al que le ha ido mal en las urnas de todas las maneras. Quizá por eso es uno de esos escenarios distópicos que resultan ideales para ensayar las nuevas fórmulas de participación y representación que pide a gritos la vieja democracia. Por probar que no quede. Aunque existen bestias cuya costra de intereses particulares, odios y maldades, entre zumbidos de tábanos y avispas, no hay lejía que levante. |