Las películas sobre deportes suelen reflejar el llamado "sueño americano" en su vertiente más dulce: el ascenso social al alcance de cualquiera con independencia de su origen, logrado además por medios legales. Normalmente son historias alentadoras y optimistas que por un lado, hablan de superación personal y de que lo importante es participar, pero por otro, glorifican el triunfo como fin último y único de la competición. Moneyball: rompiendo las reglas, dirigida por Bennett Miller (Truman Capote), es una buena muestra de este modelo.
A partir de una historia de Stan Chervin, basada en un libro de Michael Lewis, los guionistas Steven Zaillian (En busca de Bobby Fischer, American Gangster) y Aaron Sorkin (El ala oeste de la Casa Blanca, Algunos hombres buenos, La guerra de Charlie Wilson, La red social) cuentan la historia real de Billy Beane (Brad Pitt), el mánager de un equipo de béisbol profesional con problemas económicos: los Oakland A's (los Atléticos de Oakland, vaya). Al ser desmantelado su grupo por los traspasos, Beane lo reconstruye tras fichar como asesor a un joven titulado en economía por Yale que cree posible mejorar la composición de una plantilla con menos presupuesto si se considera, con ecuaciones y hojas de cálculo, la importancia de estadísticas no apreciadas por los técnicos y menos todavía por los medios de comunicación. Por extrapolar un ejemplo del fútbol, ¿alguien recuerda haber visto una sola vez a Mauro Silva perder un balón peligroso para su equipo? Existe un acercamiento similar al de 'Dinerobol' sobre la importancia de una gestión mejor del fútbol: Why England Lose & Other Curious Football Phenomena Explained Simon Kuper y Stefan Szymanski. En España se tradujo, a partir de la algo distinta edición estadounidense (Soccernomics), como El fútbol es así.
Como en todas las obras de Sorkin, los diálogos son velocísimos, ingeniosos y ayudan a comprender algunas interioridades del mundo profesional retratado, como los traspasos telefónicos a varias bandas, que resultan cardiacos, y los despidos, entre asépticos y brutales. Resulta algo extraño que no aparezcan en ningún momento los agentes de los jugadores.
La película también se sustenta en las interpretaciones de Pitt, muy bien como exjugador cuarentón, y de Jonah Hill, como tímido recién llegado. El primero expone con ironía el programa de máximos del buen padre asustado ("No mires internet, no leas la prensa, no hables con nadie") y a pesar de que trata de utilizar la ciencia en su provecho mantiene su superstición de no ver los partidos de su equipo. Bien hecho e ilustrativo es el breve montaje que muestra la carrera de Beane como profesional. Tras empezar jugando en los Mets de Nueva York con Darryl Strawberry, cada año recala en un club diferente, cada vez en una ciudad menos importante.
Entre el público llama la atención la presencia de muchas parejas para ser una película sobre un espectáculo deportivo. El cebo para las chicas debe de ser la presencia de Pitt. Es de suponer que por cuestiones de equilibrio en la política doméstica a muchos de los chicos ahora les toque ir a ver a cambio la rediviva franquicia de la mula Francis.
Grados de separación
Aunque no hay muchos escritores con el talento para la réplica brillante que tiene Sorkin, sería un gran avance si todos los equipos deportivos profesionales contratasen a guionistas para escribir las intervenciones públicas (ruedas de prensa, entrevistas, tuits) de sus famosos empleados. Se evitarían las declaraciones tópicas y previsibles como las que el veterano Crash (Kevin Costner) tenía que enseñar al novato Nuke (Tim Robbins) en el pequeño gran clásico Los Búfalos de Durham ("siempre he querido jugar aquí, no hay enemigo pequeño, el béisbol son nueve contra nueve, vamos a darlo todo en el campo"). |